Empatía

Empatía

Hoy nuestro professor creativo quiere contaros una historia acerca de la empatía. Como ya sabéis la empatía es la capacidad de ponerse en el lugar de otra persona e intentar sentir lo que siente esa persona. Para un tutor-coach es muy importante ser empático. Sin empatía el proceso de coaching fracasará sin remedio.

Con mi alumnado suelo utilizar el símil de “Ponernos los zapatos de la otra persona o, si queréis, la mochila de otra persona“. Me parece un ejemplo muy gráfico. A menudo, cuando salen a la pizarra a realizar un ejercicio, suelo sentarme en su silla, para así entender mejor cómo se sienten en la clase, cómo ven la pizarra, desde qué perspectiva me ven a mi, si hace mucho calor o frío, se tienen suficiente luz natural… De esa forma consigo sentirme mucho más en sintonía con ellos y ellas. Es curioso ver las caras que ponen cuando se dan cuenta que estoy en su pupitre, con sus bolis, su libreta, su estuche. Debo aclarar que nunca toco nada, ya que respeto mucho sus cosas. Os puedo asegurar es que se aprende mucho con esta sencilla técnica.

Por supuesto, en ocasiones les dejo que se sienten en mi mesa y que curioseen mis cosas. Estas situaciones tienen que ser recíprocas, sino no tienen sentido. Para crear el vínculo hay que generar confianza mutua.

Desde la empatía podemos entender muchas cosas que nos son desconocidas, podemos averiguar muchos matices que nos pueden ayudar a ser mejores personas. Que nos facilitan comprender mejor al resto del mundo. Porque en una situación cotidiana, y ya no digamos de conflicto, o de incomodidad, todo el mundo tiene algo de razón. Por ello, debemos ponernos en los zapatos del otro para ver desde su perspectiva, para comprenderle. Para, en definitiva, ser mejores personas.

Y recuerda: ante la duda, pregunta siempre: ¿ Qué quieres expresar? ¿Qué me estás queriendo decir? ¿ Cómo puedo ayudarte? ¿Qué puedo hacer por tí?

Para acabar quiero contaros una historia que refleja perfectamente todas estas ideas:

“En su adolescencia, una mujer había estado enfrascada en un lucha larga y amarga con su padre duro y negativo. Deseando alguna forma de reconciliación, esperaba con ansia el momento en que su padre la llevara en coche hasta el instituto, momento en el que estarían a solas durante horas y poder, así, dar un nuevo comienzo a su relación. 

Pero el viaje tan esperado resultaba un desastre: su padre se comportaba fiel a su modo de ser y se pasaba todo el tiempo refunfuñando sobre el arroyo feo y lleno de basura que había al costado del camino. A su vez, ella no veía basura alguna en el arroyo rústico y virgen. Y , como no encontraba el modo de responderle, al final terminaba por callar y pasaron el resto del viaje sin mirarse, cada uno con los ojos vueltos para su lado. 

Unos años más tarde, una vez había regresado de la Universidad, que hizo en la otra punta de su país, ella hizo ese viaje sola y se sorprendió al notar que había dos arroyos, uno a cada lado del camino. Esta vez ella conducía y con tristeza pudo ver que el arroyo que veía por la ventana del conductor era tan feo y estaba tan contaminado como la había descrito  su padre. Pero para cuando aprendió a mirar por la ventana de su padre ya era demasiado tarde: Su padre ya hacía unos años que había fallecido. Desde aquel momento se prometió a si misma que antes de juzgar a nadie siempre preguntaría los “por qués” de las afirmaciones que realizaran esas personas.”

Ahora, si te apetece, contesta a estas preguntas:

¿Qué te ha parecido? ¿Qué has sentido al leer esta historia? ¿En cuántas situaciones te has visto en medio de un mal entendido? ¿Cómo puedes ponerte en los zapatos del otro?