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8 Dic 2014

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“En un autoservicio, una señora de mediana edad coge una taza de caldo caliente. A continuación se sienta en una de las numerosas mesas del local, pero se da cuenta que ha olvidado el pan. Entonces se levanta, va a coger un panecillo y vuelve a la mesa donde se había instalado. ¡Sorpresa! Ante su taza de caldo hay un hombre de color, un negro, que come tranquilamente, sin inmutarse. “¡Qué cara!”, piensa la señora. Pero no se amedrenta y sentándose junto al negro, parte el panecillo a trozos, los mete en el tazón que hay ante el hombre y mete la cuchara.
El negro, complaciendo, sonríe. Cada uno toma una cucharada. Todo esto en silencio. Habiendo acabado el caldo, el hombre se levanta, se va a la barra y vuelve con un generoso plato de pasta y… dos tenedores. Comen los dos, la mujer y el hombre, del mismo plato, siempre en silencio. Una vez acabado el plato, el hombre decide irse. “Hasta ahora”, dice el hombre, con una sonrisa. “Adiós”, contesta la mujer, con tono altivo.
La mujer lo sigue con la mirada. Una vez repuesta de su sorpresa, busca la bolsa que había colgado en el respaldo de la silla. Pero la bolsa ha desaparecido. Por un momento piensa el peor. Sin embargo, después de mirar a su alrededor, ve su bolsa colgada del respaldo de una silla dos mesas más allá de donde se había instalado y, encima de la mesa, observa una bandeja con una taza de caldo frío.
Se da cuenta del que ha sucedido inmediatamente. No ha sido el africano quien se ha comido su sopa: ha sido ella quien, equivocándose de mesa, ha comido a expensas del africano.”

Esta historia no es mía, es del Colectivo No-Violencia y Educación. He hecho una pequeña adaptación pero sería inadecuado mi parte atribuírmela. El caso es que ilustra perfectamente lo nocivos que pueden llegar a ser los prejuicios. En nuestra sociedad de la abundancia tenemos tendencia a despreciar a algunos colectivos. Los ciudadanos de Europa en general somos afortunados. Pero cada vez tenemos menos riqueza espiritual. Valoramos poco lo que tenemos y no lo queremos compartir con aquellos que tienen bastante menos que nosotros.

Limpiamos nuestra conciencia haciendo donaciones a ONG’s para paliar las desgracias y el hambre en rincones de nuestro planeta que seguramente nunca podremos ver con nuestros propios ojos, y no queremos ayudar a los que tenemos a poca distancia de nuestros hogares. A veces lo que podemos ver en la puerta del Mercadona es la mendicidad como forma de vida. La cual no apruebo. Aun así, en otras ocasiones se trata de algo más profundo. Se trata de la necesidad. Del quedarse excluido del sistema. Esto siempre lo hemos visto como algo ajeno. Pero, por desgracia para este país sumido en una grave crisis, esto está empezando a tocar a familias de aquí. Familias catalanas, de apellidos Capdevila, Cucurull, Puig, Casals, Casamitjana, Llauradó…

Y ahora que hacemos con nuestros prejuicios, si ya no son sólo los “moros”, los “negros”, los “*panxitos” y los “*pakis” los que lo están pasando mal. ¿Qué pasa cuando somos nosotros también?

Lanzo preguntas:

¿De qué forma conseguiremos aceptar que las personas estamos para ayudarnos sin mirar a quienes ayudamos?

¿Podemos creer que somos todos dignos de una sociedad equitativa, sin intentar hacernos daño los unos a los otros? ¿Podemos conseguirlo? ¿Alguien puede decirme cómo?

Sé que no es fácil pero por qué no intentarlo. ¿Vale la pena? Sin ánimo de ofender y sólo a título de ejemplo: Estoy pensando en árabes y en orientales que vienen a nuestro país y en muchos casos hacen esfuerzos para integrarse entre nosotros y no quedar circunscritos a su “modus vivendi” de su país de origen. Pero también estoy pensando en los españoles que han marchado a Alemania o al Reino Unido. Me consta que son gente de miras amplias. Pero en otros casos continúan su vida como si estuvieran en sus países y a menudo se muestran desconfiados, ariscos o, incluso, desahuciados. Conozco diferentes alumnos que saben el que estoy hablando. Pero, ¿qué podemos hacer los catalanes y catalanas para contribuir al hecho que se sientan bien entre nosotros? ¿Pueden los ciudadanos árabes entender que es perfectamente normal que un centro educativo sea dirigido por una mujer? ¿Conseguiremos nosotros dejar de pensar que ellos sólo vienen aquí a aprovecharse de las ventajas del cada vez más empobrecido sistema? ¿Qué diríais si os comento que es posible pensar que ellos y ellas enriquecen nuestra sociedad, puesto que a menudo son gente con bastante cultura? ¿Conseguirán los alemanes dejar de pensar que los españoles somos ciudadanos de segunda división? ¿Y los británicos?

Insisto, es un ejemplo, y sé que a algunas personas no se los gustará. Pero la intención no es ofender. Más bien al contrario, lo que quiero provocar es una profunda reflexión que nos ayude a inocular entre nosotros el virus de la solidaridad, de los valores más elevados que el ser humano puede llegar a desarrollar. Quiero ser sincero, en el instituto no me atrevo a tratar estos temas. Tienen demasiadas aristas, y no quiero líos. Basta con ser políticamente correcto. Aunque me encantaría poder charlar de esto con la gente que tengo en clase y con otros que he tenido. Pero en Inventtia sí que lo puedo hacer. Y no pienso perder la oportunidad. ¡Nos queda tanto para aprender!

Aprender los unos de los otros, “blancos”, “moros”, “negros”, “chinos”, “indios”…Etiquetas, tan sólo se trata de etiquetas. Y a mí que no me etiquete nadie…

Sed felices. Hoy cuando os sea posible, mirad el cielo y suspirad profundamente. ¡Qué preciosidad…!

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